Tengo varios borradores guardados con muchas versiones de lo que pasó. En todos estoy yo, en todos reflejé la verdad que más intenté dejar atrás, pero me pasaba que cuando iba por la mitad de la historia, la abandonaba. Era el miedo otra vez, el miedo de revivir los arañazos en el cielo.

Quería seguir, pero me paralizaba, me auto engañaba diciéndome que no era buena idea, cuando en el fondo solo seguía entregando a mi verdadero ogro, el poder de controlarme. 

Es que cuando experimentas eventos traumáticos como la violencia en una relación, no importan ni los años, ni la distancia, cuando vuelves a estar sola en el bosque y te encuentras frente a frente con el oso, sientes miedo. 

Solo que esta vez es distinto. Al fin es distinto.

Y no es diferente porque haya dejado de existir el oso, lo es porque ahora el miedo no me detiene. Lo es porque el oso ya no puede controlarme. 

Siempre me preguntan cuándo comenzó, si recuerdo ese momento en el que pasó por primera vez, creo que es porque las personas siempre piensan que lo puedes evitar. El cine ha tratado de reflejar un estándar de cómo son las relaciones en las que la violencia existe -en todas sus expresiones-, pero ningún caso es parecido a otro. Todos son diferentes. 

Aunque sí, siempre hay indicios de que todo saldrá mal, no siempre tienes la capacidad para identificarlos. Recuerda que ver algo desde adentro, no es igual que hacerlo desde afuera.

Vuelve aquí para leer >>> Esta inseguridad no es mía

Todo comenzó cuando me pidió que no cantara en mi auto, no lo tomé como algo serio, quizás había tenido un mal día, tú sabes, de esos en los que queremos estar solo con nuestros pensamientos. Pero no fue así, luego se volvió lo normal. 

Siguió en el que hablaba muy fuerte y mi risa era un escándalo, que a sus amigos les molestaba mi “ruido”. Pensé que capaz era verdad, mi risa es fuerte, es alegre, contagiosa, no lo vi mal porque crecí en el mundo donde las “formas” son lo más importante.

Luego fue mi cuerpo y mi necesidad no sabida de inscribirme en el GYM. Claro, ya he contado muchas veces sobre mis inseguridades con mi cuerpo y belleza, él lo supo identificar y se agarró de ahí para enredarme. 

Después fue que era momento de ir al psicólogo porque tenía muchos problemas y estaba mal de la cabeza. ¿Y cómo no? Yo soy una mujer que desde siempre ha experimentado eventos que la ciencia aún no puede explicar, dueña de una magia inmensa que me aterraba. En mi lógica él tenía razón.

Y así siguió sumando… 

🐻 Que si era muy puta (porque levantaba más que el polvo solo con existir).
🐻 Que mi familia era la incorrecta y no me hacía bien estar cerca de ellos. 

🐻 Que me alejara de mis amigos porque no eran el entorno adecuado. 

🐻 Que mi origen era despreciable, nada comparado con él que sí venía de no sé dónde. 

🐻 Que mi forma de vestir era incorrecta, dejaba ver más de lo que debía y eso reducía mi valor como mujer. 

“Recuerda, la mujer del César no solo debe serlo, sino parecerlo”. 

El oso en el bosque a medianoche
Arañazos en el cielo
El oso me está viendo.

Sí, hoy puedo decir que todas eran más que red flags evidentes que estaban en mis narices, pero cuando estás ahí toda vulnerable, no las ves, y te toca bancarte el aprendizaje (si sales con vida) y la responsabilidad de haberte quedado.

Con el tiempo todo pasó de lo verbal a lo psicológico, luego a lo físico. Y después, todo empeoró.

La mala suerte de coincidir y callar

Habían pasado 4 meses desde que habíamos decidido ser novios, estábamos de “mes aniversario”, el plan era consumar nuestro amor en un hotel al final del día porque él trabajaba y yo estaba estudiando. 

Por cosas de la vida, Supay se retrasó -vamos a llamarlo así- y no alcanzamos nuestro plan. Yo no me compliqué, la verdad solo quería estar con él y me daba lo mismo el lugar, pero para Supay esto representó un evento que ameritaba estresarse. 

Recuerdo haberlo esperado en un mall, me comí un Subway de 15 cm de pollo teriyaki con extra de queso mozzarella y tocino. Él llegó molesto, mi actitud lo irritaba y ante su deseo de pelear, yo solo esquivaba sus intenciones. 

Escribí en la boleta del pan: “Baja la guardia, traes hielo en la mirada”. En ese momento de mi vida Santiago Cruz era mi artista más escuchado, por lo que solo se me vino la frase y la escribí. Supay tomó el papel y lo tiró a la basura. 

Nos fuimos a su casa y ahí fue cuando todo empezó. 

Del cielo al infierno

Intenté sacarlo de su mal humor y llevar a cabo la idea inicial, pero su espada decidió que no estaba de ánimos para la batalla y no asistió esa noche. Lo abracé y le dije que no pasaba nada, que todo estaba bien, que a todos les pasa en algún momento, que la vida adulta es bien caótica, pero él no estaba de acuerdo y se alteró. 

Recuerdo que llamó a su mamá para contarle que yo era una loca por no molestarme, -hoy en día dudo que esa llamada fue real, pero en aquel entonces, le creí- y ella, según, le dijo que todo estaría bien.

Es normal pensar que eso sería suficiente para calmar su malestar, pero no, siguió alterado, mucho más alterado. 

Sentí miedo, angustia, no sabía lo que estaba pasando, no sabía qué hacer, nunca había visto a nadie en ese estado. Posé mis manos en sus hombros para tratar de tranquilizarlo, pero él me alejó y con su mano empuñada golpeó la puerta del closet, dejando la huella de que ese sería el inicio de nuestro fin. 

O el inicio de mi peor pesadilla. 

Me asusté mucho, estaba fuera de sí, sus ojos eran de otra persona, no era del que me hacía reír con sus cosas geek raras, ni el que bailaba conmigo solo porque era yo; no era el chico al que estaba queriendo, no, era un demonio con forma de humano. 

Creí en ese momento que la ligereza con la que me tomé la situación fue lo que provocó que él se pusiera así. 

Sí, me culpé, obvio me culpé. Y me detengo aquí porque sé que sentir culpa es lo más sencillo, es la parte en la que te victimizas y preguntas “¿por qué a mí?” dejándote sumergida en ese hueco de dolor. 

Salir de ahí cuesta un montón, requiere más que valentía, requiere el reconocimiento de saber que tú no tenías la culpa, porque no somos responsables de la maldad y oscuridad de otras personas, tampoco de haber confiado en que nunca (más) te haría daño. 

Luego me tomó de los hombros y me lanzó a la cama. Llorando le supliqué que no me hiciera nada, que era yo, Eu, la que lo amaba, que todo estaba bien. Él no me escuchaba, su cara se deformaba más y más, en sus ojos se veía la ausencia de su alma. Supay no era mi novio, era otra persona. 

Una vez inmovilizada, tomó su mano y la introdujo a la fuerza en mi boca y en un instante arañó mi paladar. Sí, con sus uñas arañó el cielo de mi boca, ese que ahora se convertiría en el infierno mismo.

Arañazos en el cielo
Arañó el cielo de mi boca, ese que ahora se convertiría en el infierno mismo

Lloré muchísimo. Lloré por el dolor, por la desesperación, por el miedo y porque era él quien me hacía daño. 

Luego de decirme “¿esto sí te gusta?”, lancé una súplica desgarradora para que me soltara, y gracias a que mis ángeles escucharon mis gritos, lo hizo.  

Se sentó en el filo de la cama, mientras yo corría a la esquina de esta para protegerme. Esperó unos segundos y se levantó, comenzó a recriminarse, a golpearse, y llorando se arrodilló ante mí para pedirme perdón. Perdón por no saber qué le había pasado. 

El demonio se había marchado, o eso creí yo. 

Luego cayó al piso y ahí comenzó a asegurar que todo era culpa de su papá, que lo perdonara, que él me amaba, que no era así. Parecía un niño en crisis, no lo reconocía, estaba confundida, pero entre el miedo y el amor, saqué fuerzas para acercarme y ver sus ojos. 

Todo era un océano confuso de lágrimas manipuladoras que me envolvieron en su mentira logrando convencerme de que, en verdad, era la primera vez que le pasaba algo así. 

Supay era demasiado inteligente y sabía lo que tenía que hacer para enredar a mujeres en sus momentos más vulnerables. 

No sé cómo lo hizo, pero me convenció de que no le contara a nadie y me juró que no volvería a pasar. La verdad lo cumplió, fue la única vez que me arañó el cielo convirtiéndolo en mi infierno personal,, y bastó para que nunca más olvidara esa sensación espantosa de sentir cómo mi boca sangraba por dentro. 

Esa noche salí de su casa con la firme convicción de que era culpable de lo que me había pasado, de que no podía contárselo a nadie y de que esto era lo que me merecía. 

Lo repito: esto era lo que me merecía. La mentira más grande que me he dicho.

Cayeron los demonios

Cuando eres víctima de situaciones así, muchas cosas se alinean para que no hables. Cada caso es diferente. Para mí, la fragilidad de mi autoestima fue suficiente para guardar silencio y soportar por mucho más tiempo episodios así (o peores). 

Resumir lo que vivimos en 4 años es casi imposible para esta entrada. 

Tampoco la idea de escribir sobre mi historia busca satanizar a Supay, lo que menos me interesa es hablar de él como persona, -por algo lo suprimí en mi primer libro-, pero para su mala suerte, fue mi perpetrador y quien casi acaba conmigo. 

Hay muchas razones por las que él es así, razones que, aunque llegaron tarde, me ayudaron a nunca sentir odio, sino a darle sentido a lo que sucedió. Eso, en mi caso, fue suficiente. Entiendo que no aplica para todas, y aunque siempre tuve el derecho de denunciar, elegí no hacerlo, primero por desconocimiento, luego por miedo y por último, por elegir poner mi atención en salvarme a mí y no destruirlo a él.

Si hoy hablo de esto es porque han pasado más de 10 años desde esa noche en la que viví mi primer episodio de violencia y ha sido más de una década de silencio, en la que el miedo me seguía enmudeciendo e inmovilizando mientras él seguía arañando mi cielo.

Ya no más. 

Hoy hablo porque mantener esto como secreto millonario solo silencia mi alma, porque cada día son más jóvenes las que caen en relaciones violentas, tanto mujeres como hombres, y se quedan allí creyendo que tienen la culpa, que merecen vivirlo o que algo cambiará.

Hoy hablo porque tengo un linaje al que honrar y porque conmigo ¡se rompe el círculo de mujeres abusadas y no amadas en mi familia! Hablo porque mi hija y mi hijo merecen ser valientes y amados de la manera más dulce y bonita de la vida, sabiendo que tienen una voz que pueden usar para defenderse de cualquiera que quiera hacerles daño.

Hoy hablo porque mis heridas me lo permiten, porque tengo la responsabilidad emocional para hacerlo y porque entiendo que esta historia va más allá de mí. 

Y porque me pregunto ¿por qué no contarla? 

Hace años intenté escribir, pero no seguí, hoy no me detendré >>> Sin perder el entusiasmo. (Vuelve si quieres, cuando termines esto).

De a poco iré develando mi proceso, de cómo por miedo me callé aún y cuando sabía que estaba mal, pese a que mi cuerpo me hablaba, yo solo escogí ignorar la realidad y otorgarle a un ser sin alma, desconocedor del amor, el poder de hacerme daño y de hacer con mi vida lo que él quisiera. 

Dame chance porque igual, si bien ya no siento que viene el oso y me ataca con un cuchillo a medianoche, es un tema que debo tratar con sutileza porque, insisto, esto no se trata de él, y esto no tiene la intención de mal ponerlo, se trata de hacer saber que somos muchas las que vivimos esto, somos más las que callamos, que hay miles de agresores no denunciados portadores de una libertad que les permite lastimar. 

Si hoy escribo es porque aunque es muy difícil que no haya “ni una más”, cada día sí podemos ser menos las que vivamos estas experiencias. Esto se trata de hacerme y hacernos justicia. 

Me tomo el tiempo de aclararlo porque mucha gente puede pensar que esto viene desde el resentimiento porque nunca faltará gente como él, que decida el mal antes que el bien. Ya  lo decía Maquiavelo, es mejor ser temido que ser amado.

Arañazos en el cielo

 

A pesar de dolor

Me dolió mucho lo que viví, sentí rabia, enojo, decepción. Lo detesté por un momento, pero más me detesté a mí. Transité por todas las etapas del duelo, pero no me permití odiarlo porque eso era darle más poder y ya no estaba dispuesta. 

De hecho, siempre he deseado que la vida le dé lo que merece, sea lo que sea eso.

Hoy sé que elegí cruzarme con él desde mucho antes de conocerlo porque ha sido uno de mis más grandes maestros y me ayudó a despertar para trabajar en mí, en las heridas de mi infancia, en mi pasado ancestral y en eso que las mujeres de mi linaje merecían ver cortar. 

Entender que nosotros fuimos una fatídica coincidencia necesaria fue clave para romper el círculo, lo que solo me hace agradecerle el aparecer y hacerme ver lo valiente que soy. 

Así que aquí vamos, paso a paso, en el final de una etapa que me elevó, me ahogó, casi acabó conmigo y me salvó.

Este es el pedazo de mi vida que jamás conté, la verdadera razón de que creyera que Ignacio era un ogro, el trasfondo de mi distancia emocional y de mis ganas de huir para alejarme del oso, porque eso de dejar de sentirse perseguida, cuesta, ¡CUESTA MUCHO! 

Así que toma esto con amor, prudencia y respeto. 

Si te resuena la historia porque tú, o alguien cercano a ti, lo vivió, te abrazo mucho. 

Yo decidí no denunciar, mi miedo me dejó maniatada, aún en los 8.000 kilómetros de distancia que puse entre Supay y yo, mi corazón sentía detenerse cuando se cruzaba en mi camino. 

Si te cuento esto es para que sepas que ese miedo es válido, solo quiere cuidarnos, no es cobardía, es sentido de supervivencia, solo quiero que sepas que si quieres denunciar, puedes hacerlo, no estás sola.

Como sociedad tenemos una deuda impagable con todas las que han muerto en manos de ogros enmascarados. Hay que entender que somos millones las mujeres que vivimos situaciones así, unas menos graves y otras mucho más, pero solo hablando, creyéndoles y abrazando su dolor es que vamos a ser testigos de un cambio real. 

Y no quiero sonar soñadora, pero el mundo en el que quiero vivir está libre de hogares con ausencia de amor, porque eso es lo que hace que personas como Supay no puedan entregar aquello que no conocen. 

Algo más, aunque algunas historias no rayan en lo físico, otras tantas sí, no siempre se logra salir de ahí, hay muchísimas que terminan en la muerte. 

Hoy puedo decir que soy una sobreviviente, y que deseo con todo mi corazón que nadie tenga que pasar por lo que viví para poder despertar y romper el círculo, aunque entiendo que hay casos, como el mío, en los que es necesario. Era la historia que debía vivir. 

Por eso pongo mi foco en derribar la resistencia que impera en nuestros entornos  a atender la salud mental, en entender que los corto circuitos mentales-emocionales pueden ser tan o más grave que un cáncer, y en cómo debemos hacernos cargo de lo que no rompimos.  Y es que podemos ir cagándole la vida a los demás solo porque no nos amaron como merecíamos y necesitábamos cuando éramos pequeños. 

De ser así, en el mundo nadie amaría, ¿no crees? Y aquí estamos tú y yo, amando.

Porque de algo sí estoy segura, y es que al final somos eso que decidimos ser, no se trata de que vivimos más o menos drama en nuestra infancia, sino que somos el resumen de nuestras decisiones, a pesar de eso que vivimos. 

Hoy dejé que mi alma hablara y depositara en estas letras parte de esa historia que hoy comienzo a contar, por eso te digo: “gracias por llegar hasta aquí”. Sé que antes escribía más corto, pero cada vez me cuesta más resumir mi verdad y esta forma de ver y entender el mundo. Capaz es porque el segundo libro viene por ahí.

Aún quedan muchos más cuartos negros en mi zona de sombras que visitar, vamos a ir paso a paso, primero debo ir yo y asegurarme de que todo está bien para dejarte entrar. 

Estamos en el tiempo correcto. Confío en eso. Hoy ya no hay arañazos en el cielo que me hagan tener miedo. Se apagó el fuego del infierno. 

Si esto llegó hasta ti, tómalo como una señal. Mientras transitamos esto, sigo escribiendo.