Aún estoy en esa fase de reconocimiento en la que puedo tardar varios intentos en comenzar a escribir algo que sí voy a publicar. Ya son varios años de silencio en los que me convencí de que no valía la pena hablar de eso, ya no tenía sentido cuestionar si se quebró el espejo, o simplemente siempre estuvo roto. Ahora estoy trabajando en confiar más en la voz de mi alma que me dice: Escribe, escribe, escribe. Y no olvides publicarlo.
Siento que los últimos cinco años he llenado mis escritos de vacíos, miedos y excusas que, al final, es el jardín donde tomo el sol nublado en las mañanas. Y sí, puede que me haya convertido en una excusera de profesión, una cobarde que no supo qué hacer con sus talentos y eligió por voluntad —o por costumbre— esconderse tras los restos punzantes de ese espejo que me regalaron cuando nací.
No me quiero disculpar por eso, la Eunice del año pasado quizás llevase dos párrafos enteros llenos de disculpas por todo lo que no ha hecho y lo poco que sí. Pero ya no quiero, ahora pretendo vivir de esta verdad aunque no sepa muy bien cómo transitarla o me asuste mucho lo que me vaya encontrando en el viaje, ya que la valentía no es territorio conquistado por mí. Muchos creen que sí, lo que no saben es que nunca le doy al botón enviar después de escribir el mensaje.
¿Y qué tiene que ver todo esto con un espejo roto?
Antes de seguir quiero presentarme: Soy Eunice, tengo treinta y tantos años, soy una romántica, soñadora, fanática de las películas que hacen llorar y de los libros que remueven fibras. Me gusta encarnar la música más allá de mi realidad. Canto, bailo y cocino rico. Me he enamorado algunas veces, y amado un montón. Soy creadora de este universo millennial en el que organizo nuestro caos generacional para sentirnos acompañados en el proceso. Todo es con amor, y sin (tanto) juicio.
Pasa, estás en tu casa.

¿Y ese espejo?
A mí no me encantan los espejos porque siento que no me veo nunca en ellos. Nunca me he logrado encontrar en el reflejo de alguno y, sí, pasé aaaaaaños de mi vida queriendo verme ahí, pero no lo logré. Hoy creo saber por qué.
Creo que los espejos tienen la capacidad de absorber la energía del entorno. No, no me volví loca, o sea sí, pero “las mejores personas lo están”, ¿no? La cosa es que entendí —después de analizarlo mucho— que el espejo es energía, por eso se carga de lo que exista en el entorno.
Es decir, si hay un espejo en una casa donde vive una mujer que está inconforme con su cuerpo, que cree que no es hermosa porque no cumple con las medidas estándar de la belleza hegemónica que dicta la sociedad, y no se siente merecedora de cosas buenas solo por ser “diferente”. Este se cargará con esa energía/emoción/creencia y la transmitirá a todo aquel que se refleje en él.
En mi caso, siempre huí de los espejos y eso que crecí en una casa donde abundaban. No me gustaba ver lo que se reflejaba en ellos porque nunca logré encontrar esa versión de mí que se supone que debía ser.
Siempre muy despeinada. Siempre muy sin maquillaje. Siempre muy sin ropa tendencia porque la comodidad era prioridad. Siempre muy sin uñas pintadas. Siempre con mucho de mí y poco del mundo. Siempre con un cuerpo cada vez más lejos del 90-60-90.
Los espejos en los que posaba me gritaban que estaba lejos de ser una mujer linda, digna, merecedora… suficiente.
¿Pueden hacer eso los espejos?
Sí, los rotos. Los espejos rotos pueden romperte aún cuando estás completa, cuando crees que todo está bien. Incluso cuando ya estás rota, pueden destrozarte aún más. La verdad es que hay que tener mucho cuidado con los espejos, saber de dónde viene esa proyección, de si de verdad es un reflejo tuyo, o la que los espejos crean para que la encarnes.
En mi vida he tenido muchísimos espejos, y obvio que antes no tenía la conciencia que hoy se mantiene despierta, por lo que viví reflejos, proyecciones y versiones que no me pertenecían. Creo que eso fragmentó mucho más mi autoestima y aumentó mi rechazo absoluto por esta superficie que crea imágenes según la luz que recibe.
Los espejos pueden lograr elevarnos o hundirnos, por eso es clave entender dónde nos estamos reflejando. Si es un espejo que recibe buena luz, si esa luz es natural, o si se encuentra en la oscuridad, si está limpio, si es moderno, o de los antiguos, porque de eso va a depender lo que veamos. El ángulo también es importante, los diferentes ángulos siempre darán diferentes reflejos, diferentes realidades.
Heredar el espejo
Pasa que muchas veces el espejo en el que nos reflejamos no es nuestro, es una herencia que viene del sistema de creencias de un linaje que llega a ti por el simple hecho de nacer en la familia que naces. Es inevitable heredar ese espejo, pero puedes rechazar la herencia.
Normalmente esos espejos son requete antiguos y llenos de una energía caduca que es difícil de integrar a la vida en presente, porque no da un reflejo que viene muy cargado de creencias y juicios que hace que se distorsione la imagen que se refleja.
A mí me tocó un espejo pesadísimo, uuuuy no, terrible. Cada vez que me posaba frente a él solo veía a la niña más fea del mundo. Odiaba mis brazos, mis piernas, mi trasero, mis manos. Casi todo. Lo que siempre amé fueron mis ojos, porque me ayudaban a verme más allá de los reflejos, pero era fortísimo. El rechazo con el que crecí teniéndome es algo con lo que aún trabajo por desprender.
Mis espejos heredados tienen voces que aún, de tanto en tanto, logro escuchar. Algunas de ellas viven conmigo, otras van y vienen, y a otras pocas las he logrado desterrar de mi reflejo. Las escucho justo cuando me siento más confiada y hoy, después de tanta terapia, puedo pseudo mutearlas, pero la verdad es que la mayoría de las veces, me frenan un montón.
Aquí no podemos evitar recibir la herencia, pero sí uso de ella. Si te das cuenta de que ese espejo no es para ti, que no refleja lo bonito de ti, entonces, ¡rompe ese espejo! Y si te preguntan, tú dices:
— Oups, se quebró el espejo.
Y sin culpa ni remordimiento, sigues adelante, porque en el camino, puede que halles un espejo —o varios— que sí reflejen todo tu brillo, belleza y fuerza; espejos en los que sientas refugio, contención y verdad, donde no haya deformación de ti, sino honestidad sobre quién eres.
Puedes conocer sobre «No ser suficiente y otras pendejadas que he creído«, en este desahogo.
Y no hablo de espejos
No, o sea sí, pero no. La verdad es que hablo de las creencias, juicios, patrones que no nos pertenecen, que heredamos y que, si no decidimos dejarlos atrás, van a determinar nuestras vidas, sin ser la vida que vinimos a vivir de verdad. ¿Y por qué no es? Porque está definida por lo que creen los demás, por las expectativas de un entorno que desea que sea “alguien”, pero no es tu alma, tu verdad, tu camino lo que ves reflejado cuando te ves en frente de un espejo que no es tuyo.
En mi caso, estoy aprendiendo a verme en nuevos espejos, dejar atrás aquellos que me recuerden a esa Eunice que no soy, pero que debía ser, no quiero reflejos ni proyecciones que no me pertenecen. 30 años me ha costado entender que no porque sea una herencia familiar debe quedarse conmigo, no estoy obligada a conservar aquello que no es ni mío, ni para mí. Habrá cosas de mi familia que elija mantener, pero es eso: elegir mantener. Tengo la libertad de decidir con qué seguir, y con qué no.
Hoy elijo quebrar el espejo.
Y la verdad es que ya estaba algo viejo, sucio, roto, pero lo mantenía porque se supone que debía hacerlo. Hoy ya no siento culpa por decidir terminar de romper algo que no se puede seguir heredando.
Ese espejo en el que yo veía a una Eunice que no era linda, suficientemente inteligente, con un cuerpo no digno, no merecedora de un amor bonito, presa de los prejuicios de su familia, heredera de un reinado de rechazo hacia lo que somos, se terminó de quebrar.
Hoy sé que sí soy muchas cosas. De hecho, sé que soy dueña de una muchosidad inmensa, gigante, universal, y me asusta.
Me asusta porque no siempre tengo el valor de vivir mi misma muchosidad. Muchas veces me paralizo y recreo ese reflejo del espejo roto que me quebró sistemáticamente por años. Me asusta porque aún las voces gritan y tengo que dedicar mucha energía a silenciarlas. Casi siempre lo logro, hay días que no.
La buena noticia es que la vida está llena de espejos que sí son para mí, para ti, para demostrarnos que eso que veíamos no era cierto, no era nuestro, no éramos nosotros.
Ahora, después de leer esto, revisa si el espejo en el que te ves es realmente tuyo, si es heredado, o está un poco sucio. Porque a veces, como todo, puede ser tuyo y solo necesitar un poco de limpieza para que te puedas ver bien.
Por ahora sigo sin amar mucho los espejos, voy con cuidado cuando me cruzo con uno, pero al menos sé reconocer cuando el reflejo no es genuinamente mío.
Mientras descubro qué otra cosa heredada cargo en mi mochila que no me deja avanzar por el peso, y lo suelto, sigo escribiendo.
(Casi) Todas las semanas envío una carta escrita desde mi alma, normalmente está asociada a algo tan personal que se vuelve colectivo cuando lo comparto. Si quieres escribirme y contarme para que nos abracemos, puedes hacerlo aquí. Canalizaré tu mensaje.
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