¿Cuándo fue que nos convertimos en un cáncer millennial? ¿Cuándo fue que nuestros papás, en vez de amarnos, nos entregaron lo peor de ellos? Y lo pregunto con amor y duda real, porque siento que pasamos de buscar respuestas y soluciones a comportamientos, conductas y situaciones que nos afectan, a vivir en un eterno sanar en donde cada recuerdo con mamá o papá se vuelve un abrazo de púas. 

Hola, soy Eunice, creadora de este universo millennial en el que organizo el caos de una generación completa que funge como puente a la vida que queremos vivir… ¡y la que merecemos! Así lo veo, por eso no se puede juzgar, solo abrazar si te sientes identificada (o identificado).

Y no, no me mal entiendas, soy súper pro de que inicies el viaje de autoconocimiento que nos lleva a descubrir nuevas verdades, darle orden a eso que no entendíamos de nosotros y a sí, sanar eso que nos duele. Tienes mi absoluto sí para eso, para ese salto que permite nuestra evolución . Solo que no entiendo por qué nos estamos quedando pegados en la herida, siendo víctimas de los recuerdos, inquisidores de esos que nos amaron como podían.

Y lo digo incluso desde mi lado sanador brujístico, desde esta ética humana que me impide decirle a una persona deja de vivir porque aún no estás bien. Porque sorry el spoiler, pero resulta que nos estamos convirtiendo en esa generación: la escapista, la irresponsable, la que juzga a los que nos antecedieron, la que no termina de vivir porque sigue esperando eso que no va a llegar… la perfección. 

Esto es un blog personal, aquí se trata de hablar de mi vida y mis experiencias, por eso te confieso que también caí en ese mood de andar sanándome como si mi pasado fuese un cáncer, y no se trata de no hacer nada por nosotras, sino de no ir a ese extremo en el que evitamos vivir por sanar lo que no provocamos, por descubrir de dónde viene ese karma que estamos pagando. Ese lado en el que somos las víctimas y el resto del mundo es culpable. El lado en el que nuestra sanación pasa a ser nuestro cáncer millennial.

Y lo tenemos difícil porque estamos en medio de un bombardeo constante que nos asegura que hay algo mal con nosotros y que tenemos que sanar ya, si queremos vivir la vida que nos prometieron. Y cuando ya hayas sanado eso, seguir sanando porque siempre hay algo más que sanar.

La mala noticia es que el desconocimiento y la desesperación se vuelven nuestros más grandes enemigos, porque el creer que estamos mal, más nuestra ganas de estar bien, nos vuelven la presa perfecta para quienes promueven un sinfín de terapias alternativas, en las que tu bienestar termina costeando un sistema que me hace cuestionar qué tanto bien nos está haciendo sanar. 

Para leer Diario de una Millennial >>> Viaja al mundo de Amelia

Me preocupa y no por el dinero, eso es energía y cada quien sabrá cómo la maneja -o no, pero ese no es el punto- sino porque estamos tan vulnerables, con heridas reales y una consciencia colectiva jamás vista en la historia, que estamos dejando vivir esperando que esa utopía prometida se vuelva nuestra realidad. 

Hoy somos esas mujeres y hombres que lograron el éxito que debían obtener, pero eso no nos ha hecho sentir plenos porque es probable que solo lo hiciéramos ya que era lo que teníamos hacer. Y aquí comienza parte de todo este sanar que nos está enfermando, que nos envuelve en una superioridad moral como si genuinamente “sanar” nos hiciera perfectos. Y no, solo nos hace consciente, listo, hay que dejar de poner color. 

Sí, vamos a tomar mejores decisiones, vamos a vivir por nosotros mismos, incluso vamos estar mejor, en teoría, tampoco es que eso lo dude, pero me está comenzando a asustar en lo que nos estamos convirtiendo, porque ahora somos cada día más jueces que aquellos que nos llevaron a la horca. Y nos sentimos orgullosos de eso. 

No me puedes decir que no, ¿acaso no has escuchado a alguien enviar a terapia a una persona solo porque le parece que debe “sanar algo”? Y es probable que me digas que es por querer ayudar, pero tú sabes ese tonito cargado de “yo estoy mejor tú” con el que muchas veces viene esa recomendación. Incluso hay memes de “dejaré de sanar para que los demás me alcancen”. Parece chiste, pero este humor es esa armadura que refleja nuestras creencias y conductas como generación. 

Es horrible, porque se supone que sanar lo haría todo mejor. 

Los dos bandos 

Y eso nos lleva en cómo nos dividimos más allá de las identidades de género y orientaciones sexuales que hoy día nos categorizan como lo que somos y lo que no, porque la verdad es que hoy somos esto: los sanados y los heridos. Aunque para la mala suerte de nuestra generación todos estamos entrando en el eterno gerundio de SANANDO. 

Lo cierto es que los millennials que hoy han asistido a alguna terapia -ya sea psicológica, psiquiátrica o alternativa- demuestran cierta superioridad moral sobre aquellos que aún no toman la decisión de bajar a esos infiernos que los atormentan a media noche. 

Ni siquiera hablaré de aquellos que consumen pastillas para dormir, o algún recurso natural mágico que les mejora la vida.

Hace unos meses le comenté a una amiga que quería hacer un programa de amor, para resignificar lo que es el amor para nosotros y nosotras, -que ojito, no será un programa, pero si una masterclass en la que hablaremos sobre que creíamos que era el amor- y ella me comentó qué cómo podíamos ayudar a sanar a alguien si la verdad aún seguíamos rotas.

El cáncer millennial

Eso me quedó en el tintero, y ahora que lo escribo, que lo digo en voz alta, me doy cuenta que su comentario me frenó porque llegué a cuestionar mi expertise, ¿bajo qué título yo iba a hablar del amor? ¿Yo? La mujer que vocifera fracasar en esa asignatura desde el 96’. 

Y eso me llevó a preguntarme, ¿quién no está roto en esta vida? ¿Quien no tiene vacíos porque la verdad es que no encuentra esa pieza que perdió? ¿Quién no aprendió un montón a punta de fracasos? Un montón de gente. Somos un montón. Y es que en la derrota hay victorias, solo bajando al infierno conoces tus cielos, solo perdiendo el amor, conoces el valor de amar sin cordura.

Puedo hablar de amor porque he amado, porque lo soy, porque lo expando, y no porque alguien tenga miedo a hablar de ello o no se sienta lo suficiente como para hacerlo, yo debo sentirme igual. A veces en la vida somos la voz de mi amiga, evitando vivir porque aún no estamos lo suficientemente listos o listas para sobrevivir al vacío de la nada. Y ojo, ambas estábamos en el mismo mood de andar sanando. 

Y sé que mi amiga no me lo dijo en mala onda, sino con la duda genuina de ¿quién somos nosotros para estar hablando de cosas que no nos corresponden? 

Manifiesto de Tiponice – El Universo de Amelia

Por eso es que el sanar se está volviendo tan complicado, porque también elevamos a esos maestros que nos irradian luz y olvidamos que somos espejo, que todo eso que vemos en los demás, es porque abunda en nosotros. Idealizamos, volvemos mesías a nuestros pares, queremos soluciones inmediatas que borren las consecuencias de esta vida que elegimos y nos cuesta aceptar esta responsabilidad.

E insisto, qué tanto nos alejamos de ese cáncer millennial del que huimos, ¿cómo sabemos que no somos el azúcar que le da vida y fuerza? ¿Cómo es que nuestros miedos no nos vuelven villanos en esta historia?

¿Sanamos o somos nuestro cáncer millennial?

La cosa es que esta superioridad moral de estar en remisión de todo eso que nos enferma -heridas de la infancia, memorias heredadas, karma y un largo etcétera- ubica a los sanados en un escalón elevadísimo dentro de cadena de relacionamiento, dejándonos en una sala esterilizada en la que solo pasa personal autorizado. Y obviamente, los moribundos y malheridos no son bienvenidos. 

Ahora hasta hacemos CV’s para las parejas o las amistades… ¡Queremos saltarnos el proceso que nos da aprendizaje y que verdaderamente nos eleva porque creernos mejores! 

Versus el lado de la muestra, que muchas veces no está ni consciente de lo que es o padece. Hablo de esas típicas personas que mueren de cáncer justo cuando están en etapa 4 y no tiene caso ni cura, mueren a las dos semanas, sin saber que algo los mataba por dentro. A mí me gusta llamarlos los de relleno, -los NPC como les dicen en Internet- esos que no están llamados a despertar en esta línea de tiempo ni dimensión. Ellos solo están para venderte el pan, diría una amiga. 

O simplemente les cuesta más, les toma más tiempo, ¿por qué todos debemos asistir a la misma hora? ¿Por qué tenemos que estar todos sanos y libres como si estuviésemos en un programa de desintoxicación? ¿Por qué todos debemos ser iguales? Colapsaría todo, ¿no crees? Creo que hay que ser más pacientes con aquellos que les cuesta más, recuerda que estar en el infierno es quemarse y volverse cenizas. Deberíamos ser más amables, menos estrictos, más compasivos. Recordar que también estamos rotos, y lo estaremos por siempre, y que la única diferencia es que eso no nos define ni condena.

Y nosotros, los sanados -perdón, tengo que incluirme por un mero formalismo-, creemos que tenemos que cambiarlos porque “hay algo mal con ellos”. O si no ¿por qué queremos cambiar algo o a alguien? Porque no funciona como nosotros queremos o necesitamos. Pasa con las parejas, con los amigos, con los trabajos, con todo. 

Entonces, sucede eso que no queremos, pero ya es inevitable: nos volvemos incompatibles. 

Y por ahí ves a las mujeres quejándose de que no hay hombres, juzgando a aquellos que deciden ser libres y expresar todo eso que llevan reprimido porque solo debían ser «eso», proveer, cumplir con aquello a lo que vinieron. O si no, los tratamos de princesos cuando quieren brindar esa equidad que tanto se ha desvirtuado en los últimos años de lucha por la igualdad de géneros, en esos muchos esfuerzos que se han realizado por escuchar esa voz que la mujer deseaba gritar. 

También ves a los hombres rechazando su virilidad cuando las mujeres los buscan por proveedores, luego de que allá fuera vociferaran que la mujer estaba para parir y cocinar. Hombres que también han sido reprimidos y silenciados por un sistema que los castigó por ser humanos y sentir emociones, las mismas que han tenido que guardar para que no les digan maricos, o les caigan a palos. Como si ser hombre se limita solo a dónde lo ponen.

Entonces, más que sanarnos, que puede que sí lleguemos a resolver muchos de nuestros problemas, estamos quedándonos en un loop de dolor y victimización por aquello que no provocamos, no elegimos y, lo peor, lo que no podemos cambiar. 

Porque una cosa es que podemos modificar nuestra realidad, y otra muy distinta que podamos cambiar el pasado, a nuestros padres o nuestro linaje. De hecho, renegar de ellos y evitar su honra nos aleja aún más del camino que queremos recorrer, pero eso es otro tema. 

Hoy solo quiero dejar esta pregunta al aire, que te cuestiones qué tanto estás dejando de vivir, esperando ese anhelado “estoy bien” que se vuelve subjetivo y utópico, que capaz es tu nuevo escudo para no atreverte a vivir eso a lo que viniste. Que nos vuelve cobardes y nos hace más personajes de relleno que protagonistas.

Por eso te digo y me digo: 

  • No esperes a que sea perfecto
  • No esperes a estar flaca o flaco
  • No esperes a superar lo que dolió
  • No esperes a que tus viejos cambien 
  • No esperes a que llegue el trabajo ideal 
  • No esperes a que tu pareja se atreva 
  • No esperes a que te saque a bailar 

¡Hazlo tú! Baila contigo, vístete y sé para ti; vive mientras te duele, abraza la oscuridad de tus papás para que integres la tuya; Emprende, renuncia, trabaja, pero atrévete; entiende que no existe el «para siempre» y baila. 

Hazlo y creéme que tu energía se moverá a lugares mágicos con personas mágicas que, aunque no hayan sanado al 100% y aún le quede mucho por reparar y muchos infiernos por visitar, el simple hecho de tener encendida su consciencia permitirá que ambos creen una sinergia expansiva que iluminará pueblos enteros. E incluso nuevas galaxias.

Sal del loop de la sanación y vive, baby. Porque te cuento, la vida es momentico, y en menos de lo que te imaginas, se escapa en un último suspiro. 

Sé que parezco campaña de Salud Pública, pero estoy convencida de esto:Dile no al Cáncer Millennial, y sálvate. Sálvate mientras vives, mientras te reconstruyes y mientras te levantas tras las caídas. Porque solo viviendo es que vale la pena morirse. O al menos así lo creo yo. 

En fin, capaz y no está ni tan mal amar el estar roto, capaz no tenemos que tener completa inmunidad a la vida y sus temores. Capaz de eso se trata, de aprender a vivir con las heridas, sin lastimar a nadie a consciencia, y reparando de a poco este presente que, al final, es lo único que tenemos. A lo mejor no hay que evitar el cáncer millennial a través de los alimentos o sanando linajes, sino dejándonos de creer completos solo porque nos administraron algunas sesiones de quimiovida y ya no tenemos tantas pesadillas en las noches.

Capaz y el estar «completos, sanados y bien» se trata justamente de aprender a vivir con nuestros pedazos. Capaz nuestros padres sí hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas que tenías en las manos y hoy tenemos la libertad de elegir hacerlo diferente y saber con qué quedarnos de ellos. Capaz y sí podemos escribir nuestra historia como protagonistas que están muriendo desde que nacen y que, justo por esa razón, aman tanto la vida. No sé, piénsalo.

Por eso mientras le digo que no al cáncer millennial, sigo escribiendo.