Esto que leerás a continuación lo escribí hace seis años mientras vivía el invierno más frío que he experimentado hasta hoy. Mírate, te presto mis ojos fue ese desahogo en que deposité todo lo bueno que Martín, mi crush, mi amigo digital, ese ángel que me envió el universo para demostrarme que sí existen personas que me ven y que su amor puede sanarte.
Hoy lo comparto después de escribir un email para contarle a todos ustedes que ¡se casó! Y honro todo lo hermoso que sentimos una vez, toda esa mágica conexión que nos llevó a vivir un amor a la distancia y fantasear con ese día que nos cruzaríamos para hacer lo que nunca pudimos y vivir(nos), aunque fuese por unos días, por unas horas. Aunque fuese solo un sueño imposible.
Porque hay crush y CRUUUUUSH.
Martín fue parte del Diario de una Millennial, lo puedes comprar aquí 👈🏻💜
Aquí lo que escribió esa Eunice de corazón roto, esa que creí que nadie nunca la iba a mirar y llegó él a demostrarme que yo era real. Aunque desde ya te confieso, entre lágrimas, que me duele darme cuenta que muchas veces sigo siendo esa Eunce que no se cree el cuento… en fin, te dejo este pedacito de mí.
Mírate, te presto mis ojos
Una de las peores cosas que puede experimentar el ser humano es, a mi juicio, un bajón de autoestima. El no quererte puede llevarte a lastimarte mucho, incluso a atentar contra tu integridad física y moral.
Toda mi vida me consideré una muchacha linda, estaba consciente de que tenía una mirada encantadora y dueña de una sonrisa infinita que ilumina vidas. Eso siempre lo usé a mi favor, así equilibré los brazos gorditos de “conuquera” que Dios me regaló y que, hoy siendo mamá sin relevo de dos pequeños, entiendo por qué los tengo.
De moza los pretendientes no fueron mi preocupación, pues siempre hubo alguien recordando mis encantos. De ahí que creciera segura y confiada de quién era yo, por lo que podía escoger a quien quisiera (eso de los malos gustos no viene al caso, todos tenemos épocas malas).
Un día me enamoré hasta la médula del hombre que más he querido en toda mi vida. Lo conocí cuando estaba en el colegio y lo quise desde el primer momento en que lo vi, aun lo quiero, de forma diferente pero lo quiero. Nuestra historia fue de película, y cuando terminó pensé que todo mi mundo acabaría con su partida. Es de esos amores que cuando lo piensas inevitablemente sonríes.

No sé cuántas noches lloré, ni cuántas veces imaginé su regreso, pero cómo iba a regresar alguien que fue echado. En ese dolor de aceptar decirle adiós al “amor de mi vida”, caí en una trampa, en un agujero encantado que me apresó por tres años.
Su naturaleza era oscura, así que solo logró lastimarme, y yo, presa de su oscuridad, me resigné creyendo que ese era mi destino. Pero no, no lo era y cuando lo entendí me tocó trabajar para recuperar el amor, pero no aquel que había sentido por ese hombre a quien había amado hace muchos años, sino que el amor que debía rescatar era el mío, pues ya no sentía nada por mí.
Amor propio, le llaman, y me costó muuuuuchísimo volver a creerme todo eso de lo que antes estaba muy segura.
Ese agujero había apuñalado mi confianza, tanto que no sólo no creía en el poder de mi sonrisa, para ese entonces ya no sonreía. En todo ese proceso de reconstrucción llegó alguien, un ser absolutamente insospechado, una persona que jamás pensé que podría agradecerle tanto, fue un ángel que Dios me envió para que me dijera: “Termina de creértela, que lo tienes todo”.
En algo que debemos estar claros, es que el amor propio no tiene nada que ver con terceros pues esa capacidad de aceptación de todo tu ser, de lo tangible y lo intangible, es algo netamente personal en que las opiniones externas no tienen cabida. Pero vaya que son buenas las porras ¿o no?
Para mí la presencia de, llamemóslo Martín, representaba eso: ánimos.
Puede ser que él hoy no sepa lo que hizo por mí, pero esos son los aportes más valiosos, los anónimos, los gratuitos, aquellos que solo piden una sonrisa de vuelta.
A partir de su llegada a mi vida me volví una mujer más empoderada, confiada y segura. Me detuve en frente de un espejo y me amé con locura. A veces, cuando dudo, pienso en él y abandono los demonios que quieren oscurecer mi camino feliz.
Luego de ese reencuentro conmigo las cosas empezaron a ser como antes, volví a sonreír por todo y a reírme de la vida sin sentirme juzgada. El brillo en mis ojos había vuelto y estaba feliz. Entendí que un estado civil, y dos muchachos no son impedimentos para sentirte regia y querida.
Después de él, volví a ser parte del mundo, y aunque sigo sin estar disponible para el resto, siempre encuentro tiempo para mí, para una copa de vino, un baño caliente, un poco de perfume… un poco de amor. No me enamoré ni él se enamoró, mi corazón aun no está listo para amar. No fuimos ni siquiera ese beso anhelado de aquella Selva Negra. Solo nos encontramos para que yo me amara, para que no hubiera dudas, y para que esa sonrisa, mi sonrisa, siempre tuviese una razón para estar: yo.
Él es una de esas personas que cumplen una misión en tu vida y se van, así sin más.
Hoy, aunque no estemos en el mismo sur, de vez en cuando le dedico una sonrisa al aire, es mi forma de agradecerle por haber llegado a mi vida y por haberme enseñado a mirarme a través de sus ojos.
Alguna vez leí una frase de John Lennon que decía que cuando logres amarte con locura estarás listo para amar a alguien más, y aunque tengo mi corazón blindado, por cuestiones de tiempo, sé que el primer paso ya está dado. Puede que en la otra vida sí voltee a verlo, y escriba una historia aparte, pero en este capítulo agradezco que haya sido un ángel salvador.
Siempre desearé una lluvia de estrellas fugaces para él. Estés donde estés… ¡gracias!

Viaje al pasado
Tenía años que no leía algo escrito por mí, siento que soy muy dura y crítica con mi trabajo y quizás es esa misma ingratitud. La buena noticia es que volver a verme me ayuda a encontrarme y confiar más. Ver hacia atrás me hace recordar lo que se sentía mirarme a través de sus ojos.
Esto lo comencé a escribir porque volvimos a hablar para decirme que se casaba. De hecho, le dedicamos un capítulo en Como peces fuera del agua, el podcast que hago junto Ray, mi amiga, en el que hablamos sobre la vida millennial.
En fin, se casó mi crush, ese mismo que un día me hizo verme como mujer, más que como mamá.
Si quieres formar parte de mi comunidad y recibir todas las historias y noticias, ¡únete a mi newsletter! 💜✨
Comentarios recientes